El alcalde y la moto

•agosto 19, 2008 • Dejar un comentario

   De verdad que hay cosas que no dejan a uno de sorprenderle, y que son un fiel reflejo de este país en el que vivimos y de los personajes políticos que nos representan. Tras finalizar mis vacaciones, les voy a contar la historia que le aconteció este verano al alcalde en funciones de Badajoz Don José Antonio Monago, a ver si se quedan ustedes con la misma cara de bobo que yo.
   Resulta que una calurosa noche de verano, una panda de mozalbetes desorientados y enfadados con el mundo, le roban la moto al señor alcalde en funciones. Tras el lógico enfado por la pérdida sufrida, su indignación le lleva a realizar por su cuenta y riesgo distintas pesquisas sobre el terreno, como si de Hércules Poirot se tratase, y consigue obtener una información de gran valor detectivesco; algunos vecinos le cuentan por lo “bajini”, muy cerquita del oído no vaya a decir nadie después que yo te he dicho, que vieron esa noche a gente sospechosa en la urbanización, muy mala pinta y todo eso, y una descripción aproximada de tales sujetos.
   Por el momento así quedo la cosa, con el sagaz detective lamiendo sus heridas y rumiando todo el fin de semana la información recibida, y el autor del hurto disfrutando de la moto del alcalde; imagino que con alguna guapa extremeña subida en ese caballo de hierro, agarrada fuertemente a la cintura del intrépido bandolero, con un manto de estrellas como patria y su libertad por bandera.
   Pero llega el lunes, y lo que tiene esta vida es que en ocasiones te brinda la oportunidad de tomarse justa venganza; así que encontrándose su excelentísimo en una tienda de bicicletas, ve en una ciudad de aproximadamente 140.000 habitantes, a dos individuos que palabras textuales, “encajaban con alguno de los rasgos que me habían comentando”. No se a ustedes pero a mi el concepto “alguno de los rasgos…” me trae loco. Aunque la pista definitiva fué que los fulanos “estaban comprando una batería idéntica a la que necesita mi moto”. La verdad es que soy profano en lo que a motos se refiere, y no se el número de modelos de motos que en una ciudad como Badajoz compartirá el mismo tipo de batería, no obstante no quiero distraerles de la narración.
Llegados a este punto, el de las funciones decide dar un paso mas en su consagración como detective bellotero del año, así que ni corto ni perezoso comienza a seguirlos en su coche por toda la ciudad, dejando corto a Steve McQueen en Bullit, y una vez llegan a su destino y sin que haya rastro de la moto, decide que eso es lo de menos y que ya tiene todas las pruebas que necesita, que para eso es el alcalde en funciones que cojones, con lo que llama a la Policía Local para que intervenga, y mientras tanto para mantenerles entretenidos decide preguntarles, siempre según su versión, si han visto una moto como la suya. Digo su versión, porque la del abogado de los presuntos es que “el señor alcalde se dedicó a amenazar a los chicos y a decirles que si no le comunicaban donde estaba la moto los iba a echar de la ciudad, a ellos y a su familia. Por no decir que les enseño una documentación falsa diciéndoles que él era policía”. La veracidad o no de las dos versiones lo determinará el juez que para eso cobra lo suyo, pero de ser cierta la segunda versión hay que reconocer que mi primo los tiene bien puestos.
   Y es entonces cuando comienza la persecución propiamente dicha. A ver como les cuento la persecución sin que se me descojonen de la risa. En la misma intervinieron tres coches de la Policía Nacional, dos coches de la Local y otro agente mas motorizado, con el resultado de tres agentes heridos leves y otro, el de la moto, que quedó algo peor al colisionar con otro vehículo en la persecución, todo esto salpicado con las pedradas que les lanzaban los vecinos del barrio en defensa de los muchachos. Convendrán conmigo que la escena tiene su guasa, y que si la coge Santiago Segura te hace otro Torrente.
   Tras el suceso, el detective compareció ante los medios para indicar que “el 70% de las motos como la suya que se compran en la ciudad se roban porque se venden muy bien en Portugal. De hecho en mi grupo de amigos hay seis motos y ya han sustraído cinco”. Menos mal que mi primo no es presidente del Gobierno de la Nación en funciones, porque nos habría enviado a la Legión de Cruzada a Portugal a recuperar su moto, con la cabra de vuelta montada en un sidecar y tocando la corneta para orgullo de nuestra España y con dos cojones.
Y encima, para bajar el telón de su vodevil particular, justificó el despliegue policial asegurando que “yo sólo actué como un ciudadano más”.
   Y ahora toca reflexión. Aunque después de lo expuesto casi no hace ni falta. Vamos a ver señor alcalde en funciones; me dice usted que actuó como un ciudadano mas, ¿Quiere eso decir, que ante la llamada de cualquier ciudadano que tiene una moto igual que la suya, el 70% de los casos a los que usted hace referencia, su Ayuntamiento monta ese despliegue policial?, ¿Y con los robos de otras motos distintas a la suya, coches, carteras, bolsos, móviles, cámaras, y demás artículos que son del gusto del caco también?, si eso es así tiene mi voto de por vida firmado ante notario, y si no es así es usted tan sinvergüenza como toda la clase política de esta casa de putas que todavía llamamos España, que prefiere retratarse como se ha retratado usted antes que salir y pedir disculpas, que sería los mas normal del mundo, algo del tipo, “miren me equivoque, a mi moto y a mi nos une un amor especial y no superé su perdida, tengo línea directa con la policía y me aproveché de ello pero no volverá a ocurrir, bla, bla, bla”. ¿Y sabe porque?, porque ustedes siempre se olvidan de que están donde están por representación popular, porque es imposible que 140.000 habitantes se metan en un pleno a debatir y le ponen a usted para que les represente, no para que se aproveche, pero como aquí nunca pasa nada pues así nos va.
   Por cierto, la moto apareció el otro día calcinada en un cerro. Pues nada…Que espero que se lo cubra el seguro.

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Aquellos viejos lugares

•agosto 19, 2008 • 2 comentarios

   Cuando mis obligaciones laborales y mis responsabilidades familiares me lo permiten, gusto de pasear por mi ciudad, buscando aquellos rincones que de una u otra forma han quedado asociados a mis recuerdos. Sumergirte en esos espacios es como entrar en una pequeña cápsula del tiempo, donde uno vuelve a rememorar momentos que uno tras otro configuraron la niñez, la adolescencia, la madurez, en definitiva, la memoria.

   Los domingos de mi infancia están asociados al Rastro de Madrid. Imaginen la estampa, cuatro críos de no mas de 9 años, agarrados unos a otros de la mano con la prohibición expresa de soltarse bajo ningún concepto, so pena de perderse en una marabunta humana; como directamente sacado de esa estupenda película dirigida por Fernando Palacios, “La gran Familia”, donde el pequeño Chencho de apenas dos años se perdía en Navidad entre la multitud de la Plaza Mayor, y el abuelo (ese grandísimo actor llamado Pepe Isbert), gritaba desesperado “¡Chencho!, hijo mío, ¿dónde estás? ¡Chencho!…” protagonizando, sin duda, una de las escenas mas recordadas del cine español.  En nuestro caso nunca llegamos a protagonizar escena parecida, pero si conservo el recuerdo intacto de la impactante experiencia que suponía para un piltrafilla de menos de un metro de altura  verse metido en medio de aquel bullicio, arrastrado por la mano segura de sus padres, y con esa extraña mezcla de desconfianza ante lo ajeno y el deseo irrefrenable de investigar por tu cuenta todo aquel desconocido universo de nuevas sensaciones y posibilidades.

   Aunque lo que recuerdo con mayor claridad era la posterior visita a un bar de tapeo donde de siempre han servido una de las mejores patatas bravas de Madrid; y no se el porque de ese recuerdo, pero hay cosas que se guardan en el subconsciente con toda la claridad del mundo, independientemente de la importancia o no del hecho y del tiempo que haya transcurrido.

    La cuestión es que ese bar se ha mantenido siempre igual hasta el día de hoy. Y es uno de esos espacios de los que les hablaba al principio; donde uno acostumbra a ir y el simple hecho de cruzar la puerta, pisar ese suelo y apoyarse en la barra, hace que afloren de golpe todos los recuerdos de su pasado. El vermouth que pedía su madre, la cerveza de su padre, las mirindas y la coca-colas, la ración de bravas, las risas, las conversaciones de adultos, las peleas de niños, etc.

   Pero mire por donde, esta semana en uno de esos perderse callejeando, por aquello de los calores del verano le entra a uno la sed y un poquito de hambre, y pone camino al citado bar para de paso encontrarse con sus viejos fantasmas, y cuando llega a la puerta se encuentra “¡¡Oh maldición!!”, que el bar es otro bar, bueno es el mismo bar, pero le han pintado las paredes de naranja, le han añadido mesas y sillas de diseño, han puesto otra barra distinta, televisores LCD colgados de las paredes, cámaras de seguridad y toda la parafernalia; todo muy cool y moderno, y que mis fantasmas y recuerdos se han ido al carajo de un día para otro, y que lo único que queda de mi cápsula del tiempo son dos ridículas vitrinas en las que se exponen dos espejos rotos, y una inscripción a pie de urna donde textualmente pone (les juro que no les miento): “restos de los espejos originales, destrozados por un acto vandálico”.  Les aseguro que no fui yo, pero ganas me entraron de destrozar todo el local como si de un borracho inglés en Benidorm se tratase.

   Y lo que me jode realmente no es que se carguen mis recuerdos, que eso al fin y al cabo me importa un pijo porque son míos y ya me encargaré de guardarlos donde me plazca. Lo que me molesta es esa estúpida moda de hacer desaparecer todo lo que tiene años y por tanto historia para reconvertirlo en moderno y super guay. Como si tener “solera” no fuese ya sinónimo de atractivo e interesante…hay que joderse lo gilipollas que son algunos.