La impronta

Cuando le conocí rondaba los cincuenta y daba clase en la Facultad de Historia. Impresionaba su figura. Era alto y de complexión fuerte. La barba y el pelo, un día rubios, teñían canos por el paso de los años. Su mirada, de un azul intenso, transmitía serenidad e inteligencia. Su voz era tranquila y grave y se movía por el aula con la seguridad del cazador que algún día fue.

Yo era uno más de los, aproximadamente, doscientos alumnos que acudían a su clase. La gente se amontonaba a la entrada del aula en busca del codiciado asiento, y los últimos en llegar se conformaban con quedarse de pie entre los pasillos, a la espera de tener mejor suerte la próxima vez.

Jamás me perdí una de sus clases –y eso que era más asiduo a la cafetería que a las aulas-, y nunca vi un pupitre vacío.
La espera siempre era tensa, la gente bromeaba y departía ruidosamente sobre distintos temas; pero cuando se abría la puerta de inmediato el silencio se tornaba sepulcral. Siempre entraba serio, cabizbajo, sumido en lo profundo de sus pensamientos. Subía al estrado, se apoyaba despacio en su mesa mirando siempre al suelo, y tras unos segundos, que a mi me parecían eternos, levantaba despacio su mirada y nos saludaba con un “buenos días” acompañando la frase con una leve inclinación de cabeza.

A partir de ese momento comenzaba hora y media de viaje por las entrañas de lo que fuimos. Nos llevaba al pasado y nos traía de nuevo de su mano para que reflexionáramos en el presente. Nosotros le seguíamos hipnotizados. Nadie cogía apuntes, si acaso alguna nota sobre bibliografía. No era necesario, sólo escuchábamos y aprendíamos a pensar. Nos hacía entender que la Historia con mayúsculas, es la clave de lo que somos. Y no es que los hechos se repitan, sino que esos hechos los origina la naturaleza humana, y es esa misma naturaleza la que se manifiesta siempre de la misma manera, porque está en nuestros genes, en nuestras raíces mas profundas y en nuestra concepción como seres humanos; la envidia, la codicia, el poder y todo ello unido a la incultura, a la ignorancia que nos lleva al extremismo. Unas veces nos hacía reír, y otras provocaba que nos removiésemos incómodos en nuestros asientos. Y puedo asegurarles que nunca aprendí tanto como en aquella clase. Dejó una huella imborrable en mi memoria y en el sentir colectivo de los que asistíamos a su asignatura. Huella que iba mas allá de la materia impartida y entraba en el terreno del “deber ser”, de pasar por la vida dejando una impronta de convicciones, en valores como el compromiso, la honestidad, la entrega, ser una persona de bien. Acompañado de la cultura y el conocimiento como herramienta de defensa ante la intolerancia, el abuso y la manipulación.

No recuerdo el nombre de uno sólo de los otros profesores. Los he olvidado a todos. No aprendí nada de ellos que no viniese en los libros. No despertaron en mi ni una emoción, ni un interés nuevo por algo que no tuviese ya antes. Y por supuesto sus clases estaban vacías. A veces vacías hasta del mismo profesor que las impartía. Por regla general esto es lo normal. Personas carentes de ilusión en lo que hacen, sea lo que sea. Incapaces de transmitir nada a los demás porque nada tienen. Personas que no tienen motivaciones por prácticamente nada. Que pasan por la vida como amebas, con un guión marcado, y que se levantan y acuestan con un mismo discurso aprendido. Ignorantes del preciado don que significa estar vivo y lo prontito que se acaba.

Afirmaba Giordano Bruno, que lo peor no es morir por haber defendido un ideal, sino no haber tenido ninguno por el que mereciese la pena entregar la vida.

Hay otras muchas personas que, como mi profesor, dejaron su huella en otros campos, y no sólo en lo profesional. Y aunque sus nombres se pierdan en el olvido, la impronta que dejaron en las personas que les acompañaron, facilitará que pueda seguirse transmitiendo a futuras generaciones.

Hoy se que tuve la enorme fortuna de cruzarme con una de esas personas. Desde aquí mi más honesto cariño, agradecimiento y admiración a su figura. Gracias profesor.

Anuncios

~ por flifliparamoscas en septiembre 15, 2008.

Una respuesta to “La impronta”

  1. Me ha encantado el artículo, la pena es que yo en mis cinco años de carrera universitaria jamás encontré un profesor al que mereciera la pena recordar y en la vida muy pocas personas que sean auténticas de verdad. Desde siempre me ha encantado esa frase de Giordano Bruno y ahora es más cierta que nunca. Esta sociedad hace que cada vez seamos más uniformes de caracter, mas conformistas y que cada vez haya menos gente que luche realmente por cosas, con ilusión. Por eso cuando encontramos a alguien que es diferente te sorprende.
    Se que ahora estás muy ocupado con el trabajo, pero sigue escribiendo. Estoy deseando leer el proximo artículo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: